Cuando el parachoques se convierte en la 'cara' del coche
Seguimos llamándolo como siempre, pero se ha convertido en parte de la carrocería, y eso cambia del todo la forma de diseñar un coche.
Durante décadas, el parachoques tenía una función muy sencilla: absorber los golpes para proteger la carrocería. Era un elemento claramente diferenciado, primero cromado, y luego recubierto de goma o incluso totalmente de plástico, fácilmente reconocible y que a menudo se podía sustituir sin tener que intervenir en la chapa del coche.
Hoy en día seguimos llamándolo parachoques, pero en realidad se ha convertido en algo diferente. Los parachoques delantero y trasero forman ya parte integrada del diseño del automóvil; albergan faros, radares, cámaras, tomas de aire y sensores, contribuyendo tanto a la estética como a la aerodinámica. Siguen protegiendo, pero, sobre todo, definen el diseño.
Cuando el parachoques era realmente un parachoques
Durante muchos años, el parachoques fue un elemento completamente separado de la carrocería. En los utilitarios bastaban unos finos perfiles cromados, como en el Fiat 500, mientras que en los años 70 llegaron los robustos parachoques 'América', capaces de absorber pequeños golpes sin que se viera afectada la chapa.
El Fiat 131, por ejemplo, se diseñó con un auténtico hueco en la carrocería para alojarlos, dejando que fuera el parachoques el que protegiera el coche.
Entre los numerosos modelos de finales de los años 60, el Fiat 500 Lusso gozaba de gran popularidad: su pequeña carrocería estaba mejor protegida que la de los demás 500, gracias a los parachoques con elementos tubulares cromados adicionales, tanto delanteros como traseros: un detalle práctico, pero que en aquella época le confería cierta elegancia.
Desde su lanzamiento en 1974, el Fiat 131 integraba los parachoques en unos huecos específicos de la carrocería: una solución que, sin llegar a los voluminosos parachoques de los modelos destinados al mercado estadounidense, ya demostraba cómo la funcionalidad y el diseño podían evolucionar juntos.
Su función era evidente también desde el punto de vista del diseño: interrumpía deliberadamente las superficies, marcaba su presencia y hacía que la estructura del automóvil resultara inmediatamente reconocible. Era un elemento funcional, pero también visualmente distinto del resto de la carrocería.
De elemento de protección a aspecto de diseño
En los años 70 y 80, el plástico cambió por completo la forma de diseñar el frontal. El Renault 5, el Fiat Ritmo y muchos otros coches comenzaron a utilizar grandes elementos moldeados que ya no se limitaban a proteger, sino que se convirtieron en parte integrante del estilo.
La primera serie del Fiat Ritmo (y del SEAT Ritmo, en España) llegó incluso a convertir el parachoques gris en uno de los elementos más característicos de todo el frontal.
La primera serie del Fiat Ritmo ya ofrecía, a finales de los años 70, una serie de innovaciones de diseño: la más evidente era el uso de los protectores de parachoques como elementos que definían el frontal y la parte trasera, incorporando además las luces. Las series posteriores, en cambio, presentaron soluciones más tradicionales, aunque mantuvieron los protectores como «parachoques».
En los años noventa, uno de los coches que integró con mayor decisión los protectores en el diseño general fue el primer Ford Ka (1996-2008). Esos grandes elementos de plástico gris no solo protegían la carrocería, sino que envolvían los pasos de rueda, se extendían a lo largo de los laterales y interactuaban con los volúmenes redondeados del lenguaje «New Edge», convirtiéndose en parte integrante de la forma del coche en lugar de un simple accesorio añadido.
La idea del escudo central y la matrícula lateral ya se había adelantado en el 156, pero el Alfa Romeo 147 (2000-2010) lucía un escudo alargado y estrecho en el centro, que resaltaba elementos clásicos como el evidente trilobo y el capó estrecho: ningún coche de la competencia tenía un escudo con esa forma y tan inclinado hacia abajo, que recordaba a los Alfa de competición del pasado, sin el parachoques cromado y con la matrícula en el lateral.
Esta evolución continuó en los años 90 con coches como el Ford Ka, donde el gran elemento de plástico pasó a formar parte del lenguaje 'New Edge', y alcanzó un punto de inflexión con el Alfa Romeo 147.
El escudo central quedaba integrado en el parachoques delantero, lo que obligaba incluso a desplazar lateralmente la matrícula: el parachoques ya no era un accesorio, sino el centro mismo de la composición, aunque en la primera serie aparecían finos elementos de protección de goma.
El escudo dibuja el rostro del automóvil
Los coches eléctricos han acelerado aún más esta transformación. Al desaparecer la necesidad de grandes aberturas para la refrigeración del motor, la parte delantera se ha convertido en una superficie casi continua, en la que el escudo define la propia identidad del vehículo.
Es aquí donde hoy en día el diseñador crea el rostro del automóvil, sustituyendo en parte el papel que durante décadas había desempeñado la parrilla.
Entre muchos otros, el Hyundai IONIQ 6 interpreta a la perfección esta filosofía: la parte delantera es un único volumen fluido, en el que el escudo se funde con la carrocería hasta volverse casi indistinguible.
Una elección que también comparten Kia y numerosos fabricantes chinos, como BYD, donde Wolfgang Egger, protagonista, no por casualidad, del diseño del 147, ha desarrollado un lenguaje en el que las superficies, los faros y los detalles aerodinámicos forman un conjunto continuo.
Por el contrario, marcas como Volkswagen o Opel, con la franja horizontal denominada 'Vizor', siguen manteniendo una separación más evidente entre la parte superior e inferior del frontal, optando por un enfoque más cercano a la tradición.
¿Puede volver a proteger?
Sin embargo, esta libertad de diseño tiene un precio. Quienes vivieron los años 70 y 80 recuerdan bien que, ante un pequeño choque, a menudo bastaba con enderezar o sustituir únicamente el parachoques.
Hoy en día, en el mismo aparcamiento, basta un arañazo para que se vean afectadas las superficies pintadas, los sensores de aparcamiento, las cámaras o los grupos ópticos, con unos costes de reparación mucho más elevados.
El próximo reto podría ser, por tanto, otro: conservar la pureza formal alcanzada por el diseño contemporáneo, devolviendo al parachoques al menos una parte de su función original.
Materiales más elásticos, elementos modulares fácilmente sustituibles o nuevas protecciones integradas podrían representar la próxima evolución. Quizá el viejo parachoques nunca vuelva, pero el diseño tendrá que encontrar un nuevo equilibrio entre belleza, eficiencia y practicidad.
Galería: Hyundai IONIQ 6 2025
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