Después de ser pioneros en ayudas a la conducción y otros avances electrónicos, la generación W222 lo tenía complicado. Pero logró sorprendernos gracias a la conducción autónoma, nada menos.

Nada más comercializarse recibió una cámara en la parte superior del parabrisas que escaneaba la carretera (más de 15 metros por delante), la distancia entre los coches, las condiciones del tráfico y la lectura de las señales (entre otras cosas) para que el coche pudiera reaccionar lo más rápido posible. El ajuste en tiempo real de la suspensión adaptativa también se realizaba con los datos recogidos por la cámara y los sensores del coche.

Detrás de todo esto, estaba la idea de Mercedes-Benz de explorar la conducción autónoma. Gracias al sistema Distronic Plus, el coche podría permanecer en el carril, por sí mismo, durante unos minutos, sin la ayuda del conductor.

Los ingenieros de Mercedes-Benz afirmaban que se podía conducir un Clase S de serie, durante unos 50 kilómetros, sin tocar el volante o los pedales.