El verano pasado, en Filipinas, unos 60 superdeportivos, entre ellos modelos de Lamborghini y Porsche, acabaron aplastados. El autor de la brillante acción fue el presidente filipino Rodrigo Duterte, para oponerse activamente al crimen y la corrupción.

Todos los vehículos destruidos fueron introducidos ilegalmente en el país y estaban valorados en unos cinco millones de euros.