Es el invento que más vidas ha salvado, después del cinturón. Y se puede decir que apareció por accidente, literalmente. 

En 1989, el ingeniero de Mercedes-Benz, Frank Werner Mohn, perdía el control de su Mercedes Clase E W124 en Suecia, mientras se dirigía a la pista de pruebas de la compañía.

Y, mientras esperaba a las asistencias, se le ocurrió que utilizando los sensores del ABS podría captar la velocidad de giro de cada rueda y accionar los frenos de forma selectiva, para evitar accidentes como el suyo. 

En la compañía vieron con buenos ojos la idea... así que Mohn comenzó a desarrollar un algoritmo que permitiera calcular cuánto debería frenar cada rueda para estabilizar el vehículo. 

Una vez conseguido, se incrementó el número de sensores del ABS y se incorporó una nueva pieza al vehículo: un giroscopio de un helicóptero de radiocontrol, capaz de medir la rotación de un vehículo sobre su eje vertical y, por tanto, de detectar un derrapaje.

El sistema funcionó a la perfección, pero era algo lento, así que decidieron sustituir el giroscopio... por uno idéntico al utilizado en los misiles scud. ¿El resultado? Uno de los máximos directivos de la marca, famoso por no ser demasiado hábil al volante, fue el encargado de probar por primera vez el sistema en una pista helada. Y, para sorpresa de todos, fue capaz de rodar en el mismo tiempo que los mejores pilotos de pruebas de la marca... con una gran sensación de seguridad. 

Así que, en 1992, Mercedes-Benz comenzó a desarrollar junto a BOSCH un control electrónico de estabilidad para modelos de producción, que terminó estrenando el Mercedes CL 600. Una tecnología que, desde noviembre de 2011, es obligatoria en todos los coches vendidos en la Unión Europea.